Crónica sobre de la observación internacional en las elecciones de Colombia

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Con independencia de los resultados preliminares que la noche del domingo hizo pública la Registraduría Nacional del Estado Civil, y del avance del escrutinio de votos que al día de hoy continúa en desarrollo, me parece importante compartir algunas reflexiones respecto de la jornada electoral en Colombia. Según datos difundidos por la prensa colombiana, participamos más de 1,300 observadores internacionales acreditados ante el Consejo Nacional Electoral, entre académicos, legisladores, periodistas y defensores de derechos humanos del continente y de la Unión Europea.

No se trata, desde luego, de sustituir el trabajo de las autoridades electorales ni de anticipar conclusiones definitivas. Se trata de dejar constancia de lo observado en el territorio, de los gestos ciudadanos, de los contrastes entre mesas, de las conversaciones que acompañaron el voto y del ambiente político durante una jornada que, desde semanas previas, se sabía decisiva.

Aunque a la fecha no hay resultados oficiales definitivos, en los rostros y en el sentir de los capitalinos se advierten sentimientos encontrados: emoción contenida entre quienes votaron por regresar a la derecha; desánimo expuesto entre los votantes de izquierda; pero, sobre todo, una incertidumbre generalizada que atraviesa cualquier conversación: ¿cómo nos va a ir?.

Habré de decir que nuestro ejercicio de observación se realizó en la ciudad de Bogotá, en barrios del norte y del centro de la capital, como Popular Modelo, Barrios Unidos, José Joaquín Vargas y Paloquemao. A las 7:30 de la mañana. Afuera del puesto de votación, una decena de personas principalmente adultos y adultos mayores esperaba formada. Adentro, los jurados estaban listos para recibir el voto. Con amplia presencia de la Policía, que revisaba de pies a cabeza a todo aquel que ingresaba al centro de votación, varias decenas de ciudadanos esperaban suplir a quienes no asistieran a las mesas electorales como jurados.

Como si se tratara de un ejercicio cronometrado, a las ocho en punto inició la jornada, lo que permitió observar con mayor claridad la composición de los primeros votantes. El sistema electoral colombiano organiza a los electores de acuerdo con la fecha en la que registraron su cédula ante la autoridad electoral. Por eso, en las primeras mesas votan principalmente personas de mayor edad.

La escena se repetía con distintas formas, pero con el mismo peso simbólico: adultos mayores votando voluntariamente por Abelardo de la Espriella; otros adultos mayores, en sillas de ruedas, con oxígeno o movilidad reducida, eran acercados a las mesas por sus hijos o nietos, marcando a la derecha en el tarjetón. Desde las primeras horas, la jornada comenzaba a mostrar que la elección no podía leerse sólo desde los números, sino también desde los las edades, las memorias, los miedos y la playera de quienes acudían a votar. Abelardo había hecho el llamado a portarlas durante la jornada electoral de primera vuelta, aunque para la segunda vuelta se prohibió su uso, principalmente entre integrantes de las mesas, para evitar cualquier señal de propaganda o identificación política.

Para las 10:00 de la mañana, en algunas mesas ya se registraba la participación de más de 150 electores, cerca del 40 por ciento de la lista de cada mesa, que no rebasaba los 360 votantes. La afluencia era constante, sin mayores sobresaltos, pero con una tensión que se advertía en los detalles.

Uno de ellos fue la poca presencia de testigos del Pacto Histórico y, mucho menos, de testigos de la candidatura de Abelardo de la Espriella; como si ya hubiese la certeza de que el triunfo estaba seguro. En una elección cerrada, esa ausencia no dejaba de llamar la atención.

A las 12:00, un café para recuperar energías entre los integrantes de la misión internacional. La pausa permitió ordenar las primeras impresiones. Se dieron los primeros intercambios entre observadores de República Dominicana, Brasil, México y Uruguay respecto de un proceso que, hasta ese momento, transcurría sin mayores contratiempos. La coincidencia inicial era clara: organización, tensión y amplia participación.

Sin embargo, conforme avanzaba el día, también aparecían escenas que obligaban a mirar con más detenimiento. Durante el traslado al tercer puesto en Barrios Unidos, afuera del colegio que recibía los votos se observaba múltiple presencia de motociclistas, personas reunidas, gente haciendo llamadas, ciudadanos llevando registros aparentemente de quienes ya habían acudido a votar. Nada de ello alteraba por sí mismo la jornada, pero sí mostraba la intensidad con la que las estructuras políticas llevaban a cabo su operación territorial.

Después vino el ajiaco para comer y, nuevamente, la reflexión sobre lo observado. ¿Serían los adultos mayores quienes darían el triunfo a la derecha.? No, no, exclamó una mujer de mas menos 45 años anfitriona del lugar, algo equivalente a una pequeña fonda mexicana, con mesas reducidas, saturada por comensales, pero con un aroma a cocina de hogar. “Aquí vamos por Cepeda y fuimos a votar desde la mañana”, afirmó.

Su respuesta rompió la lectura fácil. En Colombia, esa tarde, cada análisis parecía contradecir al anterior y, al mismo tiempo, completarlo. Llegamos al último punto de votación: el estacionamiento de Mallplaza, en el segundo nivel, con 19 mesas instaladas. Ahí vino la sorpresa: la mayoría tenía jóvenes como jurados y testigos. Agotados, esperaban la hora del cierre. Algunos se atrevían a comentar el sentido de su voto por la izquierda, hasta que un elemento se acercó y les prohibió hacerlo. El aumento al salario, el reparto agrario, el impulso a la educación, la formación de Cepeda, eran argumentos que exponían los jóvenes.

“Hasta hace 20 días yo no me había interesado en política”, exclamó una chica de 22 años, “pero entendí que tenemos que involucrarnos y platiqué con más amigos para convencerlos de votar”.

La frase no era menor. Venía de una generación que, en apariencia, muchos daban por distante de la política, pero que en ese puesto de votación aparecía como protagonista. La jornada comenzaba a revelar un contraste marcado: adultos mayores movilizados desde temprano y jóvenes que, al final del día, sostenían también una parte importante de la disputa electoral.

Cuatro de la tarde. Suena el Himno Nacional de Colombia, señal de que ha concluido la jornada electoral. A diferencia de México, donde se permite votar a todas aquellas personas que se encuentren formadas al momento del cierre de la casilla, en Colombia únicamente puede votar la última persona que haya recibido su cédula en la mesa antes de la hora límite.

En minutos inició el conteo. En la mesa 003, con mucha prisa, los integrantes proceden a romper los tarjetones sobrantes y los comprobantes no utilizados. No se cuenta, al menos de manera visible, cuántas personas votaron ni cuántos tarjetones sobraron. Se abre la urna, caen los votos sobre la mesa y cada uno de los integrantes comienza a ordenarlos para posteriormente separarlos y armar bloques: votos por candidatura, votos nulos, votos en blanco y votos no marcados. En esa mesa votaron 295 personas de 360, el 82% de participación. El resultado en esta mesa donde votaron las personas de mayor edad es frío: 176 votos para la candidatura de Firmes por la Patria frente a 113 votos para el Pacto Histórico.

A 25 metros el país parecía mostrar una cara distinta. En la mesa 19, la ultima del centro de votación, el proceso es más lento. Aquí participó el 72% de la lista nominal. Cuarenta y cinco minutos después del cierre, en esta mesa, donde votaron los electores más jóvenes el resultado sorprende el Pacto Histórico arrasa casi dos a uno: 166 votos contra 87.

Los números resumían mejor que cualquier análisis la polarización, generacional y social que atraviesa a Colombia. No había una sola elección ocurriendo, sino varias lecturas del país depositadas en los mismos tarjetones.

Integrantes de la Registraduría acuden a las mesas, toman nota de los resultados, los transcriben en sus tabletas y, en cuestión de 60 minutos, en aquel gran centro de votación apenas quedan sillas y mesas de plástico que están por ser recogidas.

La votación había concluido en los puestos, pero la disputa de narrativas apenas comenzaba en las pantallas. En la vagoneta donde la misión de observación internacional se traslada al hotel, a las 5:06 de la tarde, el conductor enciende el televisor en la señal de Caracol Televisión. Se exponen ya los resultados del preconteo, apenas transcurridos escasos 20 minutos desde que los jóvenes de la mesa 19 de MallPlaza terminaron de contar sus votos. La televisión informa que hay un porcentaje del 98.8% actas computadas y eso confirma una ventaja a favor de Abelardo de la Espriella sobre Iván Cepeda de apenas un punto porcentual.

El enojo de nuestra guía colombiana, notaria que sirvió al gobierno en años previos, profesionista independiente, madre de dos hijos profesionistas que votaron de manera diferenciada, es evidente. El enojo se transforma en furia, maldiciones; en suma, la expresión de un torrente de sentimientos que se externan en exclamaciones: “¿Hubo fraude?”, “¡Ya lo sabíamos!”, “¡No sabe qué hacer con el país!”, “¡Muchos saldrán de Colombia!”.

Aquella reacción, encerrada en una furgoneta, pronto dejó de ser una escena aislada. Las redes sociales reaccionan rápido. Los sentimientos ahora son cientos, decenas de miles, a través de la plataforma X. La elección pasaba del puesto de votación a la conversación pública, del tarjetón a la sospecha, de la espera a la ansiedad colectiva.

En el búnker habilitado por la izquierda para celebrar la victoria de Iván Cepeda no hay desánimo. Todo lo contrario: comienza a llenarse de jóvenes entusiastas, principalmente. El Royal Center es un sitio donde se celebran conciertos; esta noche se espera el mensaje de quien, con este resultado histórico preliminar ya se consolida como el principal líder opositor en el país con 12.7 millones de votos registrados al momento de esta redacción. A los observadores mexicanos, la escena nos trae recuerdos: una película que ya vimos, el 2006: 0.56 por ciento.

Esa memoria mexicana no aparece como comparación tropicalizada, sino como advertencia. Cuando la diferencia es mínima, el interés del ganador por lograr la legitimidad ciudadana deviene, en casos como el de México, en demostraciones de fuerza y respaldo militar, aparejadas con una declaración de guerra interna que nos lllevó al lamentable registro oficial de 300 mil muertos en el sexenio de Felipe Calderón.

A las 6:25 de la tarde, Iván Cepeda toma la palabra. “Gracias, Colombia”, exclama. Reconoce el resultado del preconteo como no vinculante y llama a esperar el escrutinio final. Anuncia la impugnación de miles de mesas de votación. Agradece al presidente Gustavo Petro y como si supiera que el escrutinio confirmará en unos días la mínima diferencia y dará el triunfo a la derecha, emite dos mensajes serenos, pero firmes: no permitirá el retroceso de las conquistas sociales y llama a un acuerdo de unidad nacional. “Con nosotros se dialoga, no se imponen las cosas”, concluye. ¡Abogados a Corferias! exclaman jovenes que incitan a trasladarse al recinto donde se llevarán a cabo los escrutinios.

Sobre la avenida El Dorado, al filo de las 10:00 de la noche, las primeras manifestaciones avanzan rumbo a la Plaza de Bolívar. La plaza se llena. ¿Festejos de simpatizantes de Firmes por la Patria? No. Nuevamente son jóvenes, hombres y mujeres con banderas de Colombia, carteles por la vida, ilustraciones, cantos y gritos que dejan claro que el pueblo entiende que sus derechos también se defienden en las calles.

La jornada electoral no terminó con el cierre de las urnas ni con el preconteo televisado. Continuó en la calle, en las plazas, en las conversaciones y en la forma en que cada sector comenzó a procesar lo ocurrido. Desde el primer minuto habrá oposición no sólo legislativa, sino también resistencia en cada espacio de la vida cotidiana de este país que en 2022 logró, por primera vez, llevar a un gobierno de izquierda a la Presidencia de la República.

Se trata de un pueblo que, desde las protestas sociales de 2021, ha vivido un proceso intenso de politización, de análisis crítico, de distinción entre lo que representan las opciones políticas plasmadas en los tarjetones electorales. Esa politización se expresó en el voto, pero también en la vigilancia, en la conversación pública y en la disposición a ocupar nuevamente las calles.

Hay enojo, hay indignación, hay muchas preguntas por resolver, hay muchas ganas de comentar lo sucedido. En el taxi, en los cafés, en las iglesias, en la fila de los bancos que este lunes abrieron sus puertas, la pregunta está en el aire: ¿Qué va a pasar?

Tal vez esa sea la imagen más precisa de Colombia después de la elección: un país que ya votó, pero que todavía no termina de procesar lo que decidió. Un país que espera el resultado oficial, pero que al mismo tiempo se prepara para discutir, defender y disputar el sentido político de esa decisión en la que 15 millones de ciudadanos no participó, y esa cifra es superior a los votos obtenidos por cualquiera de los dos candidatos.

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